El silencio en medio de la barbarie

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Cuando este amplio suceso se cernió sobre la humanidad—y en todos lados eso significó que la máquina fuera manejada por un alma y que al fin y al cabo también estuviera al servicio del alma—, mi óbolo fue la duda; mi predisposición, el silencio; y mi coraje, darle expresión a ese silencio, para que se supiera en qué medida era intencional.

Karl Kraus

Karl Kraus, al igual que muchos otros escritores como Thomas Mann o Robert Musil, representaba la conciencia burguesa más desarrollada de su época. Pero esta conciencia solo podía florecer como una conciencia desventurada, trágica. Estos autores, cada uno a su manera, encarnaban en sus obras las contradicciones más descarnadas de la sociedad burguesa; las que en épocas de crisis, guerra y barbarie hacían parecer las promesas de libertad, igualdad y fraternidad como viejas fantasías irrealizables, pero al mismo tiempo irrenunciables. El silencio de Kraus durante la Primera Guerra Mundial, habiendo sido él un periodista, es la expresión de su conciencia desventurada. Lo esencial de su labor periodística, la libertad de expresión y la necesidad de emitir una opinión como manifestación de su pensar autónomo, solo pudo realizarse, en una época en la que el periodismo mismo se convirtió en un arma de guerra, como silencio. La conciencia burguesa más completa solo puede expresarse así: como una opinión sin una sola palabra. No podría imaginarse destino más trágico para un periodista que darse cuenta de que ya no había palabras para expresar lo que estaba ocurriendo. En épocas de barbarie, lo único que se concede es decir que se está sufriendo.

Así como la tragedia se anuncia mediante un oráculo, cuya profecía se cumple justamente en el intento de evitarla, la conciencia desventurada de Kraus debe cargar con el hecho de saber que ya ha perdido lo más esencial: la verdad y las palabras que la expresan. No es un odio al lenguaje. Al contrario, es un cuidado extremo por la palabra. Es ser tan consciente de la relación entre barbarie y palabra, que, quien aún tenga un compromiso con la humanidad, ya no le esté dado simplemente emitir cualquier opinión en nombre de la libertad de expresión, sino reconocer que esta libertad solo es posible en la superación de la barbarie. El periodismo, para Kraus, solo puede realizarse como crítica del periodismo: “No tener una idea y poder expresarla: eso hace el periodista” (Kraus, 2018). “Los periodistas escriben porque no tienen nada que decir, y tienen algo que decir porque escriben” (ibid.). No son pocas las ocasiones en las que Kraus dirige un humor mordaz en contra de los periodistas y de su profesión. Tal humor e ironía solo puede surgir de una conciencia que inevitablemente dirige su mirada hacia la barbarie. Pero esta se oculta, ya no tras un velo, sino a plena luz del día. No había nada que irritara a Kraus más que la expresión “opinión pública”. Su corolario, la ya mencionada libertad de expresión, es la justificación perfecta para que cualquiera diga cuanta barbaridad se le ocurra. No son pocas las veces que en la vida cotidiana debe enfrentarse uno a aquella posición según la cual expresar algo en la forma de una “opinión” lo exime automáticamente de la necesidad de reflexión o crítica. La opinión parece adquirir la forma de impenetrabilidad y, ante la más mínima alteración de esta circunstancia, se apela al sagrado derecho de la libertad de expresión. De esta forma se ha configurado el esquema con el cual la esfera pública, órgano cuya función, al menos en la época de la burguesía revolucionaria, era la de controlar mediante el uso de la razón las relaciones de dominación injustas, le ha abierto las puertas precisamente a nuevas formas de la dominación y la represión. La opinión pública ha dejado de ser medio de Ilustración para volverse en legitimador de la violencia. Y justo acá en dónde la conciencia de Kraus debe enfrentarse a perder paulatinamente las palabras para expresar el sufrimiento provocado en el seno de la guerra.

Al final del texto citado en el epígrafe, Kraus dice: “El humor no libera a los malos, sino a los buenos, que sufren. Se deja ver al lado del horror. Alcanza a todos los que la muerta no toca. No hay nada de qué reírse en esta broma. Pero si uno lo sabe, entonces puede hacerlo, ¡y que la risa ante las marionetas incólumes impacte como un charco de sangre contra su vanidad, su codicia y su vil placer!” (Kraus, 2017, p. 71). La llamada opinión pública se satisface cuantitativamente. Sí, hay sufrimiento, “pero” hay que tener en cuanta esto “o” aquello, “y” también esto “y” aquello. El sufrimiento humano, especialmente aquel que revela el lado más horroroso de nuestra sociedad, siempre viene acompañado de muchos “pero”, “y” y “o”. Incluso la risa y el humor nos son arrebatados. Pero la risa es ya una mueca, dice Adorno. La risa está más cerca de ser una expresión sublimada del terror que una simple forma de evadirlo. La ironía de Kraus es una que nos obliga a ver el horror a los ojos y cuya influencia solo conduce a tener como criterio de formación de la opinión y del juicio el sufrimiento que día a día deben padecer aquellos perseguidos constantemente por la muerte. Lo que determinó el silencio de Kraus no es ni la indiferencia, ni un optimismo en reposo (¡como si solo se pudiera hablar cuando las cosas van bien!), sino justamente el intento de no caer en la sugestión, de no comprometer el pensamiento, ni siquiera de forma inintencionada. En “la gran época”, cada paso del pensamiento debe ser dado con cuidado, si no se quiere volver cómplice de lo existente.

ESTEBAN RODRÍGUEZ SÁNCHEZ es Magíster en filosofía de la Universidad de Antioquia, politólogo de la Universidad de Medellín, Colombia. Es miembro de la Corporación Centro Colombiano de Investigación Social (CCCIS). En 2023 fue beneficiario de la beca ISAP (Instituto de Filosofía de la Universidad de Antioquia y Facultad de Ciencia Política de la Universidad Justus-Liebig, Giessen) que le permitió un intercambio de cinco meses en la ciudad de Giessen, Alemania.

Sobre el autor